En la mitología romana, Mercurio (en latín Mercurius) era un importante dios del comercio, hijo de Júpiter y de Maia Maiestas. Su nombre está relacionado con la palabra latina merx mercurio.jpg(‘mercancía’). En sus formas más primitivas parece haber estado relacionado con la deidad etrusca Turms, pero la mayoría de sus características y mitología fue tomada prestada del dios griego análogo Hermes.
Mercurio ha inspirado el nombre de varias cosas en cierto número de campos científicos, como el planeta Mercurio, el elemento mercurio y la planta mercurial. La palabra «mercurial» se usa comúnmente para aludir a algo o alguien errático, volátil o inestable, y deriva de los rápidos vuelos de Mercurio de un lugar a otro.
-SINCRETISMO
Cuando describían a los dioses de las tribus celtas y germánicas, más que considerarlas como deidades separadas los romanos los interpretaban como manifestaciones locales o aspectos de sus propios dioses, un rasgo cultural llamado interpretatio romana. En particular, Mercurio se hizo extremadamente popular entre las naciones conquistadas por el Imperio romano: Julio César escribió que era el dios más popular en Bretaña y Galia, considerado el inventor de todas las artes. Esto probablemente se deba a que en el sincretismo romano Mercurio fue equiparado con el dios celta Lugus, y en este aspecto solía ir acompañado de la diosa celta Rosmerta. Aunque Lugus pudo haber sido originalmente una deidad de la luz o del sol (aunque esto es discutible), parecido al Apolo romano, su importancia como dios del comercio le hizo más comparable a Mercurio, siendo a su vez Apolo equiparado con la deidad celta Belenus.
Mercurio también estuvo fuertemente relacionado con el dios germánico Wodanaz: el escritor romano del siglo I Tácito identificaba a ambos como uno solo, a quien describía como el dios principal de los pueblos germánicos.
En las regiones celtas Mercurio fue representado a veces con tres cabezas o caras, y en Tongeren (Bélgica) se ha hallado una estatuilla de Mercurio con tres falos, sobresaliendo los dos adicionales de su cabeza en lugar de su nariz, lo que probablemente se deba a que el número tres se consideraba mágico, lo que hacía de tales estatuas hechizos de buena suerte y fertilidad. Los romanos también hicieron popular el uso de pequeñas estatuas de Mercurio, probablemente adoptando la antigua tradición griega de las hermas.